UNA MUJER, PURA ENTEREZA, CLAVE PARA JUZGAR A UN VIOLADOR SERIAL

Una de las víctimas de Marcelo Fassano, el presunto violador serial que está siendo juzgado en San isidro, fue fundamental para incriminarlo con pruebas contundentes e irrefutables.
Su testimonio estremeció la sala de audiencias del primer entrepiso de Tribunales. Por los detalles de la vejación sufrida, pero también por la entereza que tuvo la mujer para resistir, para someterse a las pericias y para esperar el momento de «verlo como lo veo ahora», como dijo, valientemente, ante el Tribunal Oral Nro. 5.
«No me resistí ni grité, porque quería vivir», declaró. «El entró de noche, yo dormía. Se metió por el balcón, yo vivía en el primer piso», relató. «Enseguida me tapó la cara con un cubrecama, me ató boca abajo con los brazos abiertos en forma de cruz hacia afuera de la cama, y me hablaba, y yo también, hablamos mucho, por eso puedo reconocerle la voz».
«Quedate tranquila, no soy asesino ni violador, soy ladrón», le aseguró Fassano a la mujer. «Como yo me ahogaba, le dije que usaba unas gotas para la nariz, y el me dio vuelta, me amenazó para que no lo mire, y me las colocó él», prosiguió la víctima. «Ahí pude verle el tatuaje con una punta de lanza en un brazo, su estatura».
Pero despues vino lo peor. «Me violó, me robó dinero, joyas y se fue, saltando por el balcón. Me dejó atada, como si fuera un animal, me sentí desprotegida, pero despues de mucho esfuerzo me pude desatar y llamar a mi familia», declaró.
«Por ser abogada, siempre supe lo que tenía que hacer: no lavarme, aunque era lo que más quería», agregó estoica, mientras el acusado la miraba desde apenas dos metros de distancia. «Me tuvieron cuatro horas esperando en el Hospital de Vicente López, y aguanté la orina todo ese tiempo, para que pudieran extraer la muestra de semen que había dejado dentro mío, porque siempre supe que iba a denunciarlo, y que él, después de lo que me hizo, algún día estaría sentado ahí», dijo mirandolo con gesto serio al reo.
El hecho fue en Olivos en 1998. Once años después, luego de la detención de Fassano, que está acusado por cinco violaciones en Zona Norte y dieciseis más en Capital Federal, la mujer recibió un llamado del fiscal Diego Calegari. «Lo agarramos», le dijo el funcionario. «¿Le vieron el tatuaje?», preguntó la mujer. «No, fue tu muestra de ADN. La cotejamos y es él», respondíó Calegari.
La mujer, valiente y decidida, pudo aportar con su entereza la prueba más irrefutable: la de ADN. Pero según relató ante el enmudecido y azorado público, «me levanto todos los días a las 4 de la madrugada, la hora del hecho. Tuve que mudarme, y quien me alquilaba no entendió lo que me pasaba y me cobró todo el año igual. Tengo que vivir en un piso alto y con seguridad privada para estar tranquila. Traté de ser madre y no pude: me explicaron los médicos que pude haber quedado estéril por los antirretrovirales y el AZT que tomé durante seis meses para prevenir un posible contagio de HIV».
Al terminar su alocución, lo hizo con un pedido al tribunal: «Quiero que le den la máxima condena y no salga más, porque si está en la calle, este hombre va a volver a hacer lo mismo».
Acto seguido se levantó, miró al acusado y masculló en forma apenas audible pero bien claro: «Hijo de puta», y luego, aunque pudo haberse retirado, recibió el abrazo de sus familiares y se sentó entre el público, para escuchar los testimonios de otras víctimas, como ella.






